Carta a un ciudadano convencido de no votar este 2015

Querido ciudadano:

Siento escribirte ahora, cuando menos te lo esperas. Siento que estés tan decepcionado y no quieras oír ni una palabra más del asunto. Siento hacerlo por este medio, a la vista de todos, siendo tu decisión tan personal y secreta. De verdad, lo siento. Y supongo que te enfadarás, o que mirarás a otro lado, eso si no echas estas palabras al contenedor y das media vuelta. Pero me da igual, asumo las consecuencias. Tengo que convencerte de la importancia de votar. ¡Por favor, no dejes de leer ahora! Aguanta un momento.

Sé que te has rendido. Has decidido que no merece la pena, que no vuelves a pasar por la desilusión de hace unos años. Te da lo mismo quién gane: todos representan lo mismo y no te fías de ninguno. En parte te comprendo, con esos políticos que se pasan la mitad del tiempo equivocándose de buena fe y la otra mitad haciéndolo con dolo. El Mesías no se aparecerá el día de las elecciones, y menos salido de una urna. Tienes razón, lo sé, pero sólo en parte. Porque la decepción que te empuja a no votar esta vez es consecuencia de los que no votaron la última. Los políticos malos deben más a la abstención —a ti y tantos como tú— que a sus propios votantes. No les des el gusto de ganar con tu renuncia. La democracia necesita de todos. Si le damos la espalda a este derecho que nos costó tanto conseguir, abriremos la puerta a la dictadura de los mediocres. Democracia, porque pudimos votar. Pero dictadura porque sólo habrán elegido unos pocos. Quien calla, otorga. No des la victoria con tu silencio, querido ciudadano.

No te trato de idiota. Ya sé que sabes lo que afecta la política en tu vida y que no puedes escapar de ella aunque quieras, como cuando quitas el noticiario en los deportes o rechazas un volante en la calle: lo que provoca tu indiferencia es otra cosa, la sensación de que tu voto no va a cambiar nada. Pero no es así, o la democracia no tendría sentido. Un ganador (o un diputado, o un grupo parlamentario) no se consigue con un «ente etéreo»‎ de votos. Sólo se consigue con miles de personas como tú, y ninguna vale más ni tampoco menos. Tu voto, entre los demás, es tan importante como un minuto de estudio para un examen final de carrera: no lo apruebas con tan poco tiempo, pero cuando lo apruebes, recordarás cada segundo que le dedicaste.

Mi querido ciudadano: tampoco pretendo endulzar las propuestas. Los partidos son mejores o peores, pero no los hay perfectos. Esto, que para ti ya es motivo de insumisión, es la verdad de la vida. No hay políticos tocados por la mano de Dios porque tampoco lo están las personas. A nuestros amigos les perdonamos infinidad de defectos, ¡y cuántos nos perdonan ellos a nosotros! Ni hablar de los que yo tengo, y que tú pasas por alto a diario. ¿Por qué engañarnos y creer que la política va a ser distinta? ¿Para qué decepcionarnos, cuando conocemos el final desde el principio? No son dioses, pero la mayoría de ocasiones, querido ciudadanos, son personas dignas. Como tú y como yo. Gente que dijo: «Quiero una solución a los problemas y la quiero ya». Gente que también ‎dudó, como nosotros, pero que en vez de mirar a otro lado afrontó la situación. Gente con proyectos, que espera tu voto, o el mío, para terminar con este pesimismo democrático y recordarnos que democracia no es un asunto de altas esferas: democracia somos todos, y tú también.

Si todavía no te he convencido, ya llegarán otros que lo harán. Te mirarán y te dirán: «Y tú ¿a quién votaste?», y tendrás que reconocer, si eres sincero, que preferiste quedarte en casa. Con la que estaba cayendo, y te quedaste en casa. Quizá te lo pregunte tu hijo, que no tendrá una infancia tan cómoda como la nuestra. Qué cosas, si tú has vivido mejor que tus padres. Si eso ocurre, no te excuses en que las cartas ya estaban echadas. Alguien te enseñará las cifras de abstención, los que no rompieron la baraja ni quisieron hacerlo, y se te helará la sangre. Pudimos y no lo hicimos. No te cargues con esa culpa cuando todavía estás a tiempo.

Espero que me perdones por esta carta abierta. La decisión, hasta el final, es sólo tuya. Pero las oportunidades son muy pocas, y no se volverán a presentar hasta dentro de mucho tiempo. Te escribo porque me importas. Vota a quien quieras. Si no te gusta ninguno, aun perdonándoles sus defectos, aprovecha los mecanismos‎ democráticos para ser tú esa opción electoral que falta. Pero por favor, querido ciudadano, no renuncies. Nos jugamos mucho en las elecciones intermedias de 2015. Y esta vez no sirve apagar la televisión.

Con cariño, un ciudadano que si votará.

Carta original Crónicas Salemitas (España): Querida Silvia.

2 Comments

  1. Sergio
  2. Manuel Ribadavia

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